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EL ORIGEN DE ESTA LOCURA Y LA GRAN GUERRA Cuando hace un par de años me planteé escribir una nueva historia de cómic, lo hice,
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EL ORIGEN DE ESTA LOCURA Y LA GRAN GUERRA Cuando hace un par de años me planteé escribir una nueva historia de cómic, lo hice,

La vida es un río que nos lleva, a veces demasiado rápido. Mientras intentas no ahogarte en el día a día, no te permite pararte a pensar en lo frágiles que son algunas cosas. Y luego, de repente, cuando menos te lo esperas, recibes una buena leche de realidad y te das cuenta de que todo es una gran mentira que puede evaporarse en cualquier momento.

Este verano ha sido complicado para mí. Cosas muy buenas se han mezclado con momentos difíciles que, por fortuna, ya han quedado atrás. Sin embargo, esos trances me han llevado a enfrentarme con verdades a las que quizás no me atrevía a mirar, me han obligado a pensar y casi puedo decir que han cambiado mi manera de ver el mundo. No es que antes fuera una persona irreflexiva. Es, sencillamente, que la vida, en ocasiones te obliga a observar las cosas desde puntos de vista en los que no sueles detenerte por prisa, por miedo o por otras mil razones.

Puede que fuera en las redes, seguramente. El caso es que circula por ahí una de esas frases de filosofía de garrafón, que dice que la vida es el tiempo de espera entre viaje y viaje… Algo así. Y puede que, para los que amamos la literatura fantástica, esa sentencia pueda disfrazarse un poco, hasta acabar diciendo que esto de escribir en España es el sufrimiento que hay que pagar entre Celsius y Celsius. Es complicado estar en el negocio. Requiere un amor incondicional y una espalda fuerte, casi de acero, pero luego, tienes la suerte de que alguien en Avilés (un amigo) se acuerda de ti, te invitan a participar en otro Celsius y a la vuelta, de camino, le ves sentido a todo. Al menos durante un tiempo.

Me acerqué a Imagen corporativa por varias razones. En primer lugar, por qué negarlo, por el autor, José Torres Criado. Y es que el bueno de José había escrito sobre Los dioses muertos alabándola desde que salió publicada de manera entusiasta. Así que tenía una deuda moral con él que me apetecía saldar. Suelo comprar y leer libros de gente que me lee. Pero casi nunca suelo escribir sobre ellos por el compromiso que supone. En caso de que su novela no me gustara, ¿qué se supone que tendría que hacer yo? Él lleva deshaciéndose en halagos hacia Los dioses muertos desde enero, así que me tocaría pasar un mal trago…
Por suerte, no ha sido así.

La mirada inquisitiva de los Olímpicos se mantiene fija sobre los personajes de Los dioses muertos durante toda la novela. Ya lo he dicho con anterioridad: cualquier cosa en mi Grecia existe por y para los dioses. Dan la vida, conceden sus dones y han llevado a las diferentes polis a un estado de prosperidad y desarrollo tecnológico nunca antes vistos… Pero a la vez, exigen una absoluta entrega de los hombres. Si un griego quiere que sus cosechas sean abundantes debe rezar; si quiere que el filo de su espada se ilumine y corte, debe rezar.

Aunque Los dioses muertos no es ni de lejos una novela histórica, sí que bebí de la realidad a la hora de concebir el mundo griego que describo en la primera parte. La Atenas de Prometeo es remedo de aquella polis en la que los mitos se mezclaron con la vida quedando ligados para la posteridad y, aunque muy diferente en el fondo, en forma trata de parecerse lo más posible. La imaginé clásica en términos arquitectónicos, una ciudad que conservara los rasgos urbanísticos propios de una urbe griega, aunque magnificados y engrandecidos por la tecnología concedida por los dioses.

Ya lo he dicho. A veces las casualidades parecen programadas por el destino siglos antes de que ocurran. Es como si ciertos personajes hubieran aguardado durante todos estos años para encontrarse en el presente conmigo y mis historias. Y el caso de Pandora (como ocurriera con Houdin en Los últimos años de la magia) lo demuestra sin lugar a dudas.

Los dioses necesitan a los hombres tanto como nosotros los necesitamos a ellos, puede que mucho más. Necesitan de nuestras oraciones, de nuestra sumisión… Necesitan que creamos en su poder, pues de otra forma lo perderían todo. Los dioses, que se creen inmortales, mueren y se deshacen en el vacío cuando el último de sus adoradores se olvida de ellos.

No me gustaría desvelar ninguna de las sorpresas que se esconden entre los renglones de Los dioses muertos. Concebí la novela con la intención de introducir a lo largo de la trama varios giros de guion que cambiaran de repente la perspectiva del lector, y no quisiera arruinarlos hablando demasiado.